Luego de tres días
de trabajo, la reunión se terminó como habían terminado las anteriores. Mientras
Arturo, como responsable del evento exponía las conclusiones y los compromisos
a cumplir, los rostros en aquella sala se podían distinguir entre los motivados
por participar el año entrante, los apáticos de siempre y uno que otro
impaciente porque había que llegar a tiempo al aeropuerto para regresar a casa.
Yo viajaba hasta la mañana siguiente, así que no tenía mayor preocupación que
disfrutar del cabrito que ya preparaban en la palapa adjunta. Visitar Monterrey
y no comer cabrito es pecado capital. Eso y tomar unas Carta Blancas, ahuevo cabrón, secundó Juan Manuel, que por apodo tenía el Compadre.
Antes de que sirvieran el banquete, nos avisaron que a las cuatro de
la tarde había que desalojar el lugar, para darles espacio a los anfitriones, los
cuales celebrarían a los cumpleañeros del mes. Media hora antes del plazo, se
presentó un individuo de casi dos metros del altura y según calculé, unos ciento
cuarenta kilos de peso. Descargó de la camioneta, sin el menor esfuerzo, el
equipo de sonido que amenizaría el convivio. Le dicen el Rocky, escuché decir a
Arturo, de a gratis no era el apodo. A las cinco empieza la hora feliz en el
bar del hotel, le recordé a Juan Manuel, quien respondió que ya no quería queso
si no salir de la ratonera. Y eso que no fuiste anoche al beisbol, le
recriminé. La mejor mula no se me puede echar. Nos empezamos a despedir de los
pocos compañeros que aún quedaban, cuando un señor amablemente nos invitó para
que nos quedáramos otro rato más. Se va a poner con madres el convivio, nos
advirtió bonachonamente. Decidimos aceptar Arturo, Juan Manuel y yo, con la
condición que cooperaríamos para más cerveza. En honor a la verdad nos
estábamos divirtiendo. Hasta que le ofrecieron el micrófono del karaoke a Juan
Manuel. Te dan la mano y agarras el pie. No cantó una, sino tres canciones.
Cuando pidió "El perro negro" de José Alfredo, uno de los festejados se acercó para arrebatarle
el micrófono. No era la manera. Se hicieron de palabras. Nos levantamos de la
mesa Arturo y yo para calmar a nuestro amigo, pero ya era demasiado tarde. Se
fueron a los golpes y se armó la rebambaramba. Un sopapo al impertinente. Pinches
chilangos, nos gritó el señor que asaba la carne. Vi la sombra del Rocky detrás
de mí. Ellos eran doce o trece, pero con él teníamos suficiente. Con una
cachetada me doy, pensé mientras Arturo, con un arrojo que me puso aún más
nervioso, se plantó ante aquel gigantón mientras le decía riéndose, tranquilo
Rocky, tranquilo. Creo que eso lo hizo enfurecer, pues al principio detecté una
actitud conciliadora de su parte. Me vi caminando hacia atrás, pasamos una
cancha de basquetbol. El Rocky comandando a aquellos enardecidos que finalmente,
eran nuestros compañeros de profesión. El compadre también pasó a la vanguardia
y nos cubría con sus brazos detrás de su espalda, esperando que alguno brincara.
Ellos eran muchos, pero mi valedor era bravo. Nadie lo hizo. Eso impulsó a que Arturo
siguiera provocando al gigante. Órale pinche Rocky. Así llegamos a la caseta de
vigilancia y un guardia intercedió y llegó hasta nosotros para pedirnos
amablemente, que abandonáramos las instalaciones. Allá se quedaron los nada
cordiales anfitriones. Alcancé a observar al Rocky dar la media vuelta y se
encaminarse a las oficinas. Ya sobre la calle, se nos emparejó un auto, con el
administrador local al volante y con sincera aflicción, nos ofreció disculpas
por el comportamiento y llevarnos al hotel. Desde luego que Juan Manuel rechazó
de inmediato, sin pedirnos opinión. Capaz que nos lleva de nuevo para la
oficina y allí nos agarran, fue su argumento. Reímos por la ocurrencia que
tenía algo de cierta.
Así llegamos hasta una avenida muy transitada a esa hora
y le hicimos la parada a un taxi. En el camino, Arturo recibió una llamada en
su celular. Era el gerente queriendo saber la otra versión, el pinche grandulón
ya nos había acusado. Tan grandote y tan marica. Mientras daba pelos y señas, yo
le confesaba al compadre que sí me había emputado que me llamaran chilango. A
ustedes se les podía reconocer desde la cima del mismísimo cerro de La Silla,
le comenté ahogándome de risa, mientras recordaba al viejito correteándonos por
aquel amplio jardín. El chofer por el retrovisor trataba de adivinar la causa
de nuestro alboroto. El lunes me quiere el gerente en su oficina para que le
cuente lo ocurrido, nos dijo Arturo. No se te olvide platicarle como hiciste
tronar al Rocky. Más risas. Llegamos al hotel y los meseros del bar limpiaban
las mesas. La hora feliz había terminado. Enfrente hay un Seven-Eleven. Vamos
por cerveza, no importa que me vuelvan a decir chilango.