martes, 19 de enero de 2021

Quise hacerme el valiente

los hombres no lloran me dijeron toda la vida,

apresuro los adioses porque no quiero contagiarte.

Guardaré el desconsuelo para otra ocasión.

Quise hacerme el valiente una noche antes,

al escuchar los acordes de tu guitarra recuerdo
que tendrás que llamarme por el permiso

para salir con tus amigos. Extrañaré tu baile.

Quise hacerme el valiente pero no pude,

al despedirte dormidita zarparon lágrimas
hacia un puerto, que se ha quedado sin práctico.

Pinches chilangos

 Luego de tres días de trabajo, la reunión se terminó como habían terminado las anteriores. Mientras Arturo, como responsable del evento exponía las conclusiones y los compromisos a cumplir, los rostros en aquella sala se podían distinguir entre los motivados por participar el año entrante, los apáticos de siempre y uno que otro impaciente porque había que llegar a tiempo al aeropuerto para regresar a casa. Yo viajaba hasta la mañana siguiente, así que no tenía mayor preocupación que disfrutar del cabrito que ya preparaban en la palapa adjunta. Visitar Monterrey y no comer cabrito es pecado capital. Eso y tomar unas Carta Blancas, ahuevo cabrón, secundó Juan Manuel, que por apodo tenía el Compadre.

Antes de que sirvieran el banquete, nos avisaron que a las cuatro de la tarde había que desalojar el lugar, para darles espacio a los anfitriones, los cuales celebrarían a los cumpleañeros del mes. Media hora antes del plazo, se presentó un individuo de casi dos metros del altura y según calculé, unos ciento cuarenta kilos de peso. Descargó de la camioneta, sin el menor esfuerzo, el equipo de sonido que amenizaría el convivio. Le dicen el Rocky, escuché decir a Arturo, de a gratis no era el apodo. A las cinco empieza la hora feliz en el bar del hotel, le recordé a Juan Manuel, quien respondió que ya no quería queso si no salir de la ratonera. Y eso que no fuiste anoche al beisbol, le recriminé. La mejor mula no se me puede echar. Nos empezamos a despedir de los pocos compañeros que aún quedaban, cuando un señor amablemente nos invitó para que nos quedáramos otro rato más. Se va a poner con madres el convivio, nos advirtió bonachonamente. Decidimos aceptar Arturo, Juan Manuel y yo, con la condición que cooperaríamos para más cerveza. En honor a la verdad nos estábamos divirtiendo. Hasta que le ofrecieron el micrófono del karaoke a Juan Manuel. Te dan la mano y agarras el pie. No cantó una, sino tres canciones. Cuando pidió "El perro negro" de José Alfredo, uno de los festejados se acercó para arrebatarle el micrófono. No era la manera. Se hicieron de palabras. Nos levantamos de la mesa Arturo y yo para calmar a nuestro amigo, pero ya era demasiado tarde. Se fueron a los golpes y se armó la rebambaramba. Un sopapo al impertinente. Pinches chilangos, nos gritó el señor que asaba la carne. Vi la sombra del Rocky detrás de mí. Ellos eran doce o trece, pero con él teníamos suficiente. Con una cachetada me doy, pensé mientras Arturo, con un arrojo que me puso aún más nervioso, se plantó ante aquel gigantón mientras le decía riéndose, tranquilo Rocky, tranquilo. Creo que eso lo hizo enfurecer, pues al principio detecté una actitud conciliadora de su parte. Me vi caminando hacia atrás, pasamos una cancha de basquetbol. El Rocky comandando a aquellos enardecidos que finalmente, eran nuestros compañeros de profesión. El compadre también pasó a la vanguardia y nos cubría con sus brazos detrás de su espalda, esperando que alguno brincara. Ellos eran muchos, pero mi valedor era bravo. Nadie lo hizo. Eso impulsó a que Arturo siguiera provocando al gigante. Órale pinche Rocky. Así llegamos a la caseta de vigilancia y un guardia intercedió y llegó hasta nosotros para pedirnos amablemente, que abandonáramos las instalaciones. Allá se quedaron los nada cordiales anfitriones. Alcancé a observar al Rocky dar la media vuelta y se encaminarse a las oficinas. Ya sobre la calle, se nos emparejó un auto, con el administrador local al volante y con sincera aflicción, nos ofreció disculpas por el comportamiento y llevarnos al hotel. Desde luego que Juan Manuel rechazó de inmediato, sin pedirnos opinión. Capaz que nos lleva de nuevo para la oficina y allí nos agarran, fue su argumento. Reímos por la ocurrencia que tenía algo de cierta.

Así llegamos hasta una avenida muy transitada a esa hora y le hicimos la parada a un taxi. En el camino, Arturo recibió una llamada en su celular. Era el gerente queriendo saber la otra versión, el pinche grandulón ya nos había acusado. Tan grandote y tan marica. Mientras daba pelos y señas, yo le confesaba al compadre que sí me había emputado que me llamaran chilango. A ustedes se les podía reconocer desde la cima del mismísimo cerro de La Silla, le comenté ahogándome de risa, mientras recordaba al viejito correteándonos por aquel amplio jardín. El chofer por el retrovisor trataba de adivinar la causa de nuestro alboroto. El lunes me quiere el gerente en su oficina para que le cuente lo ocurrido, nos dijo Arturo. No se te olvide platicarle como hiciste tronar al Rocky. Más risas. Llegamos al hotel y los meseros del bar limpiaban las mesas. La hora feliz había terminado. Enfrente hay un Seven-Eleven. Vamos por cerveza, no importa que me vuelvan a decir chilango.

Olvido

  Apenas descubro la aurora de tus promesas falsas, un vaho de melancolía empaña la ventana por la que contemplo el jardín aquel, donde ...