viernes, 23 de octubre de 2020

Tras las rejas

 

Ya llevo año y medio encerrado. Va a sonar bastante obvio, pero me ha parecido una eternidad. El lugar común: en la cama y en la cárcel, se conoce a los amigos. Yo nunca los tuve. Así me lo demostraron la vez que caí en un hospital y requería sangre, ninguno acudió siquiera a ver si la libraba de aquella leucemia que me tuvo durante 4 meses, recluido en cuidados intensivos del Seguro Social. Tampoco nadie se apareció cuando mi jefita hizo una colecta para conseguirme un buen abogado. Ocho años fue la sentencia del juez. El delito, tráfico de drogas.

Quien me manda andar de lurio. Aquella morena que me sonrió en la fila del aeropuerto. También voy a Tijuana le dije, tengo cita en el Consulado americano. Una de mis maletas rebasa los veinticinco kilos libres, tú podrías documentarla, me sugirió. Apenas llevas una mochila. Sus pobladas pero bien delineadas cejas se arquearon para completar una coqueta faena. Caí redondito. Era mi primer viaje en avión y se me hizo fácil complacerla. Llegué al mostrador de la aerolínea, ella salía de la fila para dirigirse al baño, mientras con una seña me indicaba que hablaría por celular. Veinte minutos después abordaba la nave y al pasar por mi asiento, me hizo un guiño, que interpreté como un “nos vemos más tarde guapo”. Apenas recogí la maleta en la banda trasportadora, me cayeron dos federales. La morena ya no apareció. Dos kilos de la fina bien empaquetada. Mi segundo viaje en avión (y el último) fue de regreso al CERESO de La Paz.

He tratado que la vida de preso no sea tan miserable como la de afuera. Ya intenté alternando el basquetbol con en el taller de carpintería y hasta alguien de la familia me quiso convencer que leyera la Biblia. Ese cuento lo conozco bastante bien, el del reo arrepentido que todo el tiempo habla de cómo Dios lo rescató. No soy tan hipócrita. Luego nos avisaron que vendría un profe a dar un curso de poesía. ¿Poesía en la cárcel? Desconozco lo que entienda el director del centro por readaptación. Es poco razonable que escribiendo poemas, este nido de malvivientes se vaya a regenerar. Decía mi abuela, árbol que nace torcido. No es mi caso, yo fui víctima de otras circunstancias que ya no vienen al caso analizar. Pero por otra parte, me sedujo la idea de volver a escribir. He de confesar que cursando el bachillerato, adquirí el hábito. Esa época fue prolífica de textos, quizá porque reflejaba la etapa menos infeliz de vida.

Hoy se  presentó el profe para iniciar con las clases de poesía. Afortunadamente fuimos ocho internos, así nos llaman, los que nos animamos a tomarlas. Dos de los compañeros ya habían sido sus alumnos en la materia de español en el Cbtis 230 y coincidían que aunque bonachón, era estricto en cuestiones académicas. A mí, la poesía me ha quitado un poco lo pendejo, dijo a manera de presentación del taller, porque era taller no curso, nos aclaró tajante.

Para la segunda sesión, tuvimos que leer el poema que nos dejó de tarea. Nadie se animaba, por miedo a la burla quizá. Expresar los sentimientos antes extraños siempre me acobardó. Eso y que el profe pensara que mi texto fuera demasiado cursi. A ti no te corresponde decidir eso, déjaselo al lector. Fue contundente. Lo sentí como un regaño, pero creo que tiene razón. Paso a leer. Se titula “ámbar”.

La pobreza inunda todo,

acá la esperanza no está en venta,

solo la felicidad viene envasada

y así cualquiera puede tenerla.

 

Para la tercera sesión, nos emocionó a todos el anuncio del profe. Uno de sus hijos, también poeta y promotor cultural, encabeza una editorial independiente y está interesado en publicar un cuadernillo con los mejores textos del taller. Presentarlo tal vez en el centro y que vengan nuestras familias y amigos. En mi caso, solo sería mi madre. Por lo mismo, tengo que escribir cosas mejores. Canícula es el siguiente.

 

Alineas tu eje con vehemencia

para absorber el brote de vida,

se propagan longitudes cósmicas

que dan paso a la plenitud.

Por la línea media,

la atmósfera es derrotada,

para calcinar tu espectro,

ya de por sí vacío.

Refulgencia avasalladora que sofoca

Mientras lentamente,

horada el cauce que me conduce

a este día de perros.

 

Otra sesión, cada vez me siento más seguro de mí mismo. El profe ya ni pregunta quien pasa primero a leer. Me señala y me invita a pasar al frente. Será porque soy el que más participa, el que más pregunta, el que más escribe. Los demás me dan carrilla pero en el fondo creo que hasta envidia les causo. Nunca me había sentido tan soberbio. Por eso, hoy que escribimos del entorno, no quise escribir de las rejas. Escribí de lo que recuerdo en libertad.

 

El cacto es testigo firme,

posa la vista sobre el arroyo

donde lavas anteriores culpas.

El cardo arremete inclemente

sus brazos te apresan

sin que muestres signos de angustia.

Guayacán, corazón de piedra

sumiso antes sus palabras melosas

recibes amoroso en las horquetas

su voluptuosa pretensión,

el nido donde habrá de albergar

el producto del fecundo verano.

 

Ya mero se termina el taller. Mis expectativas fueron superadas con creces. No es que mis poemas hayan mejorado, pues fuera de mis compañeros nadie más los ha leído y me pone exaltado que alguien tenga una opinión favorable de mi estilo. Hoy la tarea fue el calambur.

 

El silencio reina

            -de corazones-

apuesto al olvido mis restos,

ha puesto el olvido sin revire

sus naipes sobre la mesa.

Cuando llega el descarte

el diamante aflora en escala,

derroto al orgulloso rey,

de roto por tu abandono

abdica a tu memoria.

  

Gracias profe, un gran abrazo como despedida. Se clausuró el taller y el director del penal, complacido por los resultados, prometió que en pocos meses, se podría abrir otro taller. Con todo gusto lo gestionamos, fueron las palabras de un funcionario de Cultura Municipal que también se quiso colgar del mérito. En mi cabeza rondaba la pregunta. Si alguno de los demás internos diera cuenta que mi pendejez no era la de hace seis semana que iniciamos. Medito y concluyo que no importa, ya no volvería a documentar maletas que no fueran mías.

miércoles, 14 de octubre de 2020

Capnolagnia

Le pareció un chamaco medio extraño la primera vez que lo vio rondar por el barrio, pero eso no fue suficiente motivo para atreverse a enviarlo a la tienda. Inspiró en su persona cierta confianza la buena facha, además ya rebasaba los dieciséis años y el bigote cantinflesco ayudarían a que el tendero no se negara a la transacción. Empleada bancaria, divorciada y sin hijos, casi llegaba a los cuarenta años. Jugar canasta era su otro vicio. El la topaba por las mañanas cuando iba a la escuela y ella salía al trabajo, elegante y perfumada, aunque prefería esconderse de su vista. Para la noche cuando volvía del gimnasio, las mallas ajustadas que daban firmeza a sus amplias nalgas no causaban mayor efecto, seguía oculto tras los árboles. Qué vergüenza si lo descubría espiándola.

Moría la tarde pero él seguía esperando sobre la banqueta. Había dejado tirada la bicicleta sobre el césped del jardín. Dudaba en ir a tocar la puerta o esperar que ella saliera con el billete de cincuenta pesos en la mano. Así había sido desde siete meses atrás, cada jueves. Anda y vuelve pronto,  el cambio es para ti niño le decía. Las tres cajetillas de Raleigh debían estar sobre la mesa antes que los naipes y esa tarde solo faltaba por llegar una de las amigas para iniciar la partida. Por un instante había pensado en irse de ahí, la señora no salía y aún le resonaba en la cabeza la palabra “maniaco”, como lo llamó uno de sus amigos cuando le confesó su extravagante práctica semanal. Vas a quedar todo pendejo, remató. Así estaba cuando se abrió la puerta y apareció con una risa pícara, algo que nunca había sucedido, lo que puso nervioso al mandadero. Estas dejando de ser un mocoso, –guiñó- ni creas que no lo he notado. No te preocupes, haré como que no me doy cuenta. Te dejé unos bocadillos y un refresco para que estés más a gusto en tu rincón. Desde ese día, ella misma tiene que ir por los cigarros.


viernes, 9 de octubre de 2020

Tus primeros pasos

 Para Águeda de María.


Tambaleantes

con miedo a transitar
hacia rumbos antes acechados.

Eufóricos
por sentirla plena libertad

y no depender al fin de asideras.

Diría que hasta gozosos,

al escapar de los brazos de tu madre

que quisiera poner almohadas

en cada trecho por donde vas
escurriendo, cayendo –y viceversa- sucesivamente.

Yo quisiera explicar el origen de toda la energía
contenida en tan pequeño cuerpo,

mientras procuro imaginar la cara de las abuelas
celebrando tus ya anunciadas travesuras.


jueves, 8 de octubre de 2020

Frijoles chinitos


El olor a manteca quemada inundaba la cocina. El primer grito para llamar a la mesa. Ya estaban saliendo las últimas tortillas de maseca y rebozaba un negro molcajete con salsa de chile serrano tatemado. En el comal aterrizaba un trozo de carne tibia aún, por que recién llegaba del rastro. La sal entera daba la sazón a todo aquello, aunque claro, nada de eso podía suceder sin la mano santa de mi abuela. Una radiograbadora de baterías atrapaba las ondas originadas en la antigua Cajeme, por donde circulaban avisos de todo tipo e intercalados con melodías de Las Jilguerillas y Los Dos Reales. Por esas mismas ondas, mi madre de vez en cuando le informaba alguna novedad. Cualquier cosa de mayor urgencia, ameritaba trasladarse hasta el ejido a la caseta telefónica pública.

Así llegaba el segundo grito. Vengan a sentarse, antes que lleguen los abonados. Esa advertencia bastaba para apresurarnos y ocupar un lugar en la mesa. Si ocurría lo contrario, el molcajete sería vaciado por “El Puravida” y las tortillas se extinguirían como resultado del apetito voraz de “Don Güiro”.  ¿Le pongo más tortillas? Otras seis respondía, ante la cara asombrada de ella.

Solo quiero frijoles chinitos, nana. Enseguida los machacaba inmisericorde con sus dedos, sin dejarles rastro de caldo y los vertía sobre el sartén. Me saboreaba hasta el sonido de la manteca chirriando y ver la consistencia que adquirían al freírse. Brillosos. El queso de chiva, elaborado con los cuajos que ella misma curaba y que el ranchero de la Sierra de San Francisco venía a buscar cada semana.

Se apuran porque tengo que limpiar un menudo, el domingo viene el doctor Tomás a desayunar. Sírveme más frijolitos nana, rogaba. ¡Ay güirito!

martes, 6 de octubre de 2020

Van a llegar los Oxxo´s

Voy a extrañar la cocina de carbón y su olor antiguo y campestre, el barrio, el mercado y sus habitantes y sus dádivas.

 Gonzalo Celorio.

 

Empezó como un rumor que se fue propagando cual reguero de pólvora. ¡Van a acabar con las tienditas! ¡Vienen por nuestro dinero! ¡Maldito gobierno vende patrias! Irónicamente, el gobierno se había amparado para evitar que la cadena de tiendas se instalara en mi pueblo natal. Van a acabar con las tienditas decían, mientras me preguntaba que había sido de la tiendita de Ruan.

Abarrotes “Betty” se llamaba,  no era la única pero la más cercana a mi casa y eso le daba ventaja. Atendida por su dueño don Teodoro Ruan, al que su mujer había abandonado junto con seis hijos, siempre se esmeraba para que en los estantes de madera estuvieran disponibles los productos que cualquier ama de casa solía necesitar: salsa de tomate para la sopa, veladoras para la virgen, toallas sanitarias para la adolescente aterrada por su primer periodo. Vendía hasta la tractolina con la que mi madre curaba el trapeador para limpiar los pisos. Extraño ese olor, pero no más que el del birote de la panadería “Gloria”, situada en la siguiente esquina. Sería por eso que la vitrina de Ruan a menudo se encontraba vacía. Estaba en desventaja porque no existe placer mas pueblerino que comprar (y comer) pan recién horneado.

También con Ruan invariablemente te llevabas un regaño cuando abrías el viejo refrigerador, así te tardaras unos pocos segundos en extraer el medio galón de leche, la margarina o el kilo de manteca. Sus lecciones sobre ahorro de energía -que nadie valoraba- eran implacables, totalitarias: ese refri no debía abrirse nunca. Para cobrarle esas afrentas no se ocurría otra cosa que robarle los gansitos o las sabritas. Para eso con un par de cómplices, había que aprovechar que se descuidaba por las tardes de harta plática y café de talega con Beto “el chivero”.

Recién acabo de estar por mi pueblo, al que algunos llaman ciudad. Cada vez que eso sucede, procuro cualquier pretexto para visitar mi barrio, con la idea de buscar a los amigos enraizados al otrora Olimpo agrícola, firmes cual molinos aceitaditos que resisten los vientos de cambio. También para transitar por sus agrietadas calles, encaminarme hacia la casa donde están custodiadas vastas memorias, henchidas por la niñez de mis hermanos, por el arduo trabajo de mi padre y la extraordinaria fortaleza de mi madre. Comprobar que ahí sigue reparando radiadores en su tallercito el Chino Olachea y que Martín de la Garza ya cambió las grúas de arrastre por las grúas industriales y que le va muy bien. La tiendita no existe más. Tal vez fue víctima de la indolencia de sus hijos, que prefirieron otra manera menos aburrida de ganarse la vida. No logro entender porqué cerró, si aún no entran los Oxxo´s.

viernes, 2 de octubre de 2020

Piel y bragas

 Inundas de piel mis ojos

-de piel y de bragas-

Sugerente atisbo a una intimidad lejana

que domina al insomnio. Mientras la seda

se reprime a una caricia, el bermellón de unos labios

deja escapar un mensaje velado.

 

La travesía me acobarda, nunca he sido

el más bizarro expedicionario, pero

franquear la aduana apetece…
tan difícil contener la avidez que me lleva a delinear

lo majestuoso de tus senderos.  

 

Me sitúo en el centro de tu ser y aunque la brújula

siempre indique el norte (cálido y promisorio),

la razón exige tomar dirección a la antípoda

donde la promesa es no morir de sed.

Olvido

  Apenas descubro la aurora de tus promesas falsas, un vaho de melancolía empaña la ventana por la que contemplo el jardín aquel, donde ...