Ya llevo año y medio encerrado. Va a sonar bastante obvio, pero me ha
parecido una eternidad. El lugar común: en la cama y en la cárcel, se conoce a
los amigos. Yo nunca los tuve. Así me lo demostraron la vez que caí en un
hospital y requería sangre, ninguno acudió siquiera a ver si la libraba de
aquella leucemia que me tuvo durante 4 meses, recluido en cuidados intensivos del
Seguro Social. Tampoco nadie se apareció cuando mi jefita hizo una colecta para
conseguirme un buen abogado. Ocho años fue la sentencia del juez. El delito,
tráfico de drogas.
Quien me manda andar de lurio. Aquella morena que me sonrió en la fila
del aeropuerto. También voy a Tijuana le dije, tengo cita en el Consulado
americano. Una de mis maletas rebasa los veinticinco kilos libres, tú podrías
documentarla, me sugirió. Apenas llevas una mochila. Sus pobladas pero bien
delineadas cejas se arquearon para completar una coqueta faena. Caí redondito. Era
mi primer viaje en avión y se me hizo fácil complacerla. Llegué al mostrador de
la aerolínea, ella salía de la fila para dirigirse al baño, mientras con una seña
me indicaba que hablaría por celular. Veinte minutos después abordaba la nave y
al pasar por mi asiento, me hizo un guiño, que interpreté como un “nos vemos más
tarde guapo”. Apenas recogí la maleta en la banda trasportadora, me cayeron dos
federales. La morena ya no apareció. Dos kilos de la fina bien empaquetada. Mi
segundo viaje en avión (y el último) fue de regreso al CERESO de La Paz.
He tratado que la vida de preso no sea tan miserable como la de afuera.
Ya intenté alternando el basquetbol con en el taller de carpintería y hasta
alguien de la familia me quiso convencer que leyera la Biblia. Ese cuento lo
conozco bastante bien, el del reo arrepentido que todo el tiempo habla de cómo
Dios lo rescató. No soy tan hipócrita. Luego nos avisaron que vendría un profe
a dar un curso de poesía. ¿Poesía en la cárcel? Desconozco lo que entienda el
director del centro por readaptación. Es poco razonable que escribiendo poemas,
este nido de malvivientes se vaya a regenerar. Decía mi abuela, árbol que nace
torcido. No es mi caso, yo fui víctima de otras circunstancias que ya no vienen
al caso analizar. Pero por otra parte, me sedujo la idea de volver a escribir.
He de confesar que cursando el bachillerato, adquirí el hábito. Esa época fue
prolífica de textos, quizá porque reflejaba la etapa menos infeliz de vida.
Hoy se presentó el profe para iniciar
con las clases de poesía. Afortunadamente fuimos ocho internos, así nos llaman,
los que nos animamos a tomarlas. Dos de los compañeros ya habían sido sus
alumnos en la materia de español en el Cbtis 230 y coincidían que aunque
bonachón, era estricto en cuestiones académicas. A mí, la poesía me ha quitado
un poco lo pendejo, dijo a manera de presentación del taller, porque era taller
no curso, nos aclaró tajante.
Para la segunda sesión, tuvimos que leer el poema que nos dejó de
tarea. Nadie se animaba, por miedo a la burla quizá. Expresar los sentimientos
antes extraños siempre me acobardó. Eso y que el profe pensara que mi texto
fuera demasiado cursi. A ti no te corresponde decidir eso, déjaselo al lector.
Fue contundente. Lo sentí como un regaño, pero creo que tiene razón. Paso a
leer. Se titula “ámbar”.
La pobreza inunda todo,
acá la esperanza no está en
venta,
solo la felicidad viene envasada
y así cualquiera puede tenerla.
Para la tercera sesión, nos emocionó a todos el anuncio del profe. Uno
de sus hijos, también poeta y promotor cultural, encabeza una editorial
independiente y está interesado en publicar un cuadernillo con los mejores
textos del taller. Presentarlo tal vez en el centro y que vengan nuestras
familias y amigos. En mi caso, solo sería mi madre. Por lo mismo, tengo que
escribir cosas mejores. Canícula es el siguiente.
Alineas tu eje con vehemencia
para absorber el brote de vida,
se propagan longitudes cósmicas
que dan paso a la plenitud.
Por la línea media,
la atmósfera es derrotada,
para calcinar tu espectro,
ya de por sí vacío.
Refulgencia avasalladora que sofoca
horada el cauce que me conduce
a este día de perros.
Otra sesión, cada vez me siento más seguro de mí mismo. El profe ya ni
pregunta quien pasa primero a leer. Me señala y me invita a pasar al frente.
Será porque soy el que más participa, el que más pregunta, el que más escribe. Los
demás me dan carrilla pero en el fondo creo que hasta envidia les causo. Nunca
me había sentido tan soberbio. Por eso, hoy que escribimos del entorno, no
quise escribir de las rejas. Escribí de lo que recuerdo en libertad.
El cacto es testigo firme,
posa la vista sobre el arroyo
donde lavas anteriores culpas.
El cardo arremete inclemente
sus brazos te apresan
sin que muestres signos de angustia.
Guayacán, corazón de piedra
sumiso antes sus palabras melosas
recibes amoroso en las horquetas
su voluptuosa pretensión,
el nido donde habrá de albergar
el producto del fecundo verano.
Ya mero se termina el taller. Mis expectativas fueron superadas con
creces. No es que mis poemas hayan mejorado, pues fuera de mis compañeros nadie
más los ha leído y me pone exaltado que alguien tenga una opinión favorable de
mi estilo. Hoy la tarea fue el calambur.
El silencio reina
-de
corazones-
apuesto al olvido mis restos,
ha puesto el olvido sin revire
sus naipes sobre la mesa.
Cuando llega el descarte
el diamante aflora en escala,
derroto al orgulloso rey,
de roto por tu abandono
abdica a tu memoria.
Gracias profe, un gran abrazo como despedida. Se clausuró el taller y
el director del penal, complacido por los resultados, prometió que en pocos
meses, se podría abrir otro taller. Con todo gusto lo gestionamos, fueron las
palabras de un funcionario de Cultura Municipal que también se quiso colgar del
mérito. En mi cabeza rondaba la pregunta. Si alguno de los demás internos diera
cuenta que mi pendejez no era la de hace seis semana que iniciamos. Medito y
concluyo que no importa, ya no volvería a documentar maletas que no fueran
mías.