A
Raúl Antonio Cota. Maestro.
Ya llevo año y medio encerrado. Va a sonar bastante
obvio, pero me ha parecido una eternidad. El lugar común: en la cama y en la
cárcel, se conoce a los amigos. Yo nunca los tuve. Así me lo demostraron la vez
que caí en un hospital y requería sangre, ninguno acudió siquiera a ver si la
libraba de aquella leucemia que me tuvo durante 4 meses, recluido en cuidados
intensivos del Seguro Social. Tampoco nadie se apareció cuando mi jefita hizo
una colecta para conseguirme un buen abogado. Ocho años fue la sentencia del
juez. El delito, tráfico de drogas.
Quien me manda andar de lurio. Aquella morena que me
sonrió en la fila del aeropuerto mientras hacía el check in. También voy a Tijuana le dije, tengo cita en el Consulado
americano. Una de mis maletas rebasa los veinticinco kilos libres, tú podrías
documentarla, me sugirió, apenas llevas una mochila. Sus pobladas pero bien
delineadas cejas se arquearon para completar una coqueta faena. Caí redondito. Era
mi primer viaje en avión y se me hizo fácil complacerla. Llegué al mostrador de
la aerolínea, ella salía de la fila para dirigirse al baño, mientras con una seña
me indicaba que hablaría por celular. Veinte minutos después abordaba la nave y
al pasar por mi asiento, me hizo un guiño, que interpreté como un “nos vemos
más tarde guapo”. Apenas recogí la maleta en la banda trasportadora, me cayeron
dos federales. La morena ya no apareció. Dos kilos de la fina bien empaquetada.
Mi segundo viaje en avión (y el último) fue de regreso al CERESO de La Paz.
He tratado que la vida de preso no sea tan miserable como
la de afuera. Ya intenté alternando el basquetbol con en el taller de
carpintería y hasta alguien de la familia me quiso convencer que leyera la
Biblia. Ese cuento lo conozco bastante bien, el del reo arrepentido que todo el
tiempo habla de cómo Dios lo rescató. No soy tan hipócrita. Luego nos avisaron
que vendría un profe a dar un curso de poesía. ¿Poesía en la cárcel? Desconozco
lo que entienda el director del centro por readaptación. Es poco razonable que escribiendo
poemas, este nido de malvivientes se vaya a regenerar. Decía mi abuela, árbol
que nace torcido. No es mi caso, yo fui víctima de otras circunstancias que ya
no vienen al caso analizar. Pero por otra parte, me sedujo la idea de volver a
escribir. He de confesar que cursando el bachillerato, adquirí el hábito. Esa
época fue prolífica de textos, quizá porque reflejaba la etapa menos infeliz de
vida.
Hoy se presentó
el profe para iniciar con las clases de poesía. Afortunadamente fuimos ocho
internos, así nos llaman, los que nos animamos a tomarlas. Dos de los compañeros
ya habían sido sus alumnos en la materia de español en el Cbtis 230 y
coincidían que aunque bonachón, era estricto en cuestiones académicas. A mí, la
poesía me ha quitado un poco lo pendejo, dijo a manera de presentación del
taller, porque era taller no curso, nos aclaró tajante.
Para la segunda sesión, tuvimos que leer el poema que
nos dejó de tarea. Nadie se animaba, por miedo a la burla. Expresar los
sentimientos antes extraños siempre me acobardó. Eso y que el profe pensara que
mi texto fuera demasiado cursi. A ti no te corresponde decidir eso, déjaselo al
lector. Fue contundente. Lo sentí como un regaño, pero creo que tiene razón.
Paso a leer. Se titula “ámbar”.
La pobreza inunda todo,
acá la esperanza no está en
venta,
solo la felicidad viene envasada
y así cualquiera puede tenerla.
Para la tercera sesión, nos emocionó a todos el
anuncio del profe. Uno de sus hijos, también poeta y promotor cultural,
encabeza una editorial independiente y está interesado en publicar un
cuadernillo con los mejores textos del taller. Presentarlo tal vez en el centro
y que vengan nuestras familias y amigos. En mi caso, solo sería mi madre. Por
lo mismo, tengo que escribir cosas mejores. Canícula es el siguiente.
Alineas tu eje con vehemencia
para absorber el brote de vida,
se propagan longitudes cósmicas
que dan paso a la plenitud.
Por la línea media,
la atmósfera es derrotada,
para calcinar tu espectro,
ya de por sí vacío.
Refulgencia avasalladora que sofoca
Mientras lentamente,
horada el cauce que me conduce
a este día de perros.
Otra sesión, cada vez me siento más seguro de mí
mismo. El profe ya ni pregunta quien pasa primero a leer. Me señala y me invita
a pasar al frente. Será porque soy el que más participa, el que más pregunta,
el que más escribe. Los demás me dan carrilla pero en el fondo creo que hasta
envidia les causa. Nunca me había sentido tan soberbio. Por eso, hoy que
escribimos del entorno, no quise escribir de las rejas. Escribí de lo que
recuerdo en libertad.
El cacto es testigo firme,
posa la vista sobre el arroyo
donde lavas anteriores culpas.
El cardo arremete inclemente
sus brazos te apresan
sin que muestres signos de angustia.
Guayacán, corazón de piedra
sumiso antes sus palabras melosas
recibes amoroso en las horquetas
su voluptuosa pretensión,
el nido donde habrá de albergar
el producto del fecundo verano.
Ya mero se termina el taller. Mis expectativas fueron
superadas con creces. No es que mis poemas hayan mejorado, pues fuera de mis
compañeros nadie más los ha leído y me pone exaltado que alguien tenga una
opinión favorable de mi estilo. Hoy la tarea fue el calambur.
El silencio reina
-de
corazones-
apuesto al olvido mis restos,
ha puesto el olvido sin revire
sus naipes sobre la mesa.
Cuando llega el descarte
el diamante aflora en escala,
derroto al orgulloso rey,
de roto por tu abandono
abdica a tu memoria.
Gracias profe, un gran abrazo como despedida. Se
clausuró el taller y el director del penal, complacido por los resultados,
prometió que en pocos meses, se podría abrir otro, con muchos más compañeros.
Con todo gusto lo gestionamos, fueron las palabras de un funcionario de Cultura
Municipal que también se quiso colgar del mérito. En mi cabeza rondaba la
pregunta. Si alguno de los demás internos diera cuenta que mi pendejez no era
la de hace seis semana que iniciamos. Medito y concluyo que no importa, ya no
volvería a documentar maletas que no fueran mías.