sábado, 6 de agosto de 2022

Águeda de María

Primero euforia al anunciarme,

con la Estrella de Belén de testigo,

tu concepción.

 

Siguió el anhelo,

pese a la insufrible gravidez de los últimos meses,

aquellos donde a diario imaginaba tu rostro,

tu risa y hasta tu llanto.

 

Los acalorados debates para encontrar un nombre,

acabando por imponerse la salomónica abuela –cómplice-

por encima de todos.

¿Sabes algo? Eligió el mejor.

 

Imposible olvidar el miedo que provocó tu alumbramiento.

Confiar en manos extrañas, rostros carentes de emociones,

autómatas que con estricto rigor

hendieron el vientre por donde apareciste,

para poner fin a las sacudidas violentas de mi corazón,

que clamaba por fugarse de la fría sala.

 

Gozamos tus primeras gracias, como sufrimos tus enfermedades.

Seguimos aguardando tus primeros pasos.

No te apures, algún día lamentaremos el acelerado paso del tiempo.

A trescientos sesenta y cinco días,

tengo motivos para celebrar.

Pero dispongo además, una eternidad para amarte mi princesa.


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