Apenas descubro la aurora de tus promesas falsas,
un vaho de melancolía empaña la ventana por la que contemplo
el jardín aquel, donde una vez brotaron fértiles “te quiero”.
El jardín aquel ahora se encuentra invadido por una maraña
de angustia,
mezclada con desidia que nunca pudo desbrozarse de tu pecho.
Y las ingratas flores que esparcen su polen, aburren a las
abejas
que pierden el tiempo recorriendo las hojas del cuaderno
donde tu último verso juraba nunca olvidarme.
Yo lo he cumplido a pesar de ya no tener tu retrato colgado,
no he dejado de escribir que viviremos eternamente atados
a pesar de estas mañanas indistintas, porque en todas falta
tu razón.
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