lunes, 13 de marzo de 2023

Olvido

 

Apenas descubro la aurora de tus promesas falsas,

un vaho de melancolía empaña la ventana por la que contemplo

el jardín aquel, donde una vez brotaron fértiles “te quiero”.

El jardín aquel ahora se encuentra invadido por una maraña de angustia,

mezclada con desidia que nunca pudo desbrozarse de tu pecho.

Y las ingratas flores que esparcen su polen, aburren a las abejas

que pierden el tiempo recorriendo las hojas del cuaderno

donde tu último verso juraba nunca olvidarme.

Yo lo he cumplido a pesar de ya no tener tu retrato colgado,

no he dejado de escribir que viviremos eternamente atados

a pesar de estas mañanas indistintas, porque en todas falta tu razón.

La calle

 

El invierno es ideal para volver

a esa calle añeja de nostalgia.

Caminar de nuevo por banquetas

carentes de prejuicios, mientras

el polvo se asienta en añoranzas

de juegos infantiles y regaños

de mamá por llegar tarde.

Ecos de canciones que alegran

al vecino de acento tropical

mientras la agónica tarde

se rebosa de olor a café colado.

La calle y sus inquilinos,

seres de cabello hirsuto

y rodillas laceradas, son

la extensión de tu familia.


El invierno ya se acerca

pero ahora los nietos

se inhiben ante ese venero

de aventuras que es la calle.

martes, 9 de agosto de 2022

Utopía de tabaco y ron

La tempestad es nada.

Mojados hasta el tuétano ligamos nuestras fuerzas

con un anhelo como pertrecho, más letal que el fusil.

Estrella polar es tu verbo, la promesa de buen puerto

no se refleja en la bitácora. Ordena capitán el rumbo:

¡Hagamos Patria, a toda máquina!

 

Desembarco sobre incertidumbres, en la cercanía

el plomo enemigo hará vacilar asmáticas voluntades,

ofrecemos los corazones, que cien fuegos alumbren

las noches en Sierra Maestra, rojo y verde olivo fundidos

de Santa Clara a La Habana. El tirano no resiste.

¡Hasta la victoria siempre!

 

El sueño déspota se interrumpe,

La voz guajira aprisionada le canta a estatuas por edicto

mientras se aferra al exilio desde la balsa. Muere el Comandante

y deja sobre la ceniza de la zafra la utopía de tabaco y ron.

¡Bailemos guaguancó en la Calle Ocho!

 

Delirio rebelde que se extingue y solo perdura en el souvenir.

Soneto de La Serpiente

 Infame circo de escasas risas
donde los actos que brotan forzados
se convierten en versos arrebatados.
Eres bufón que escribe con prisas.

 

Estimula a  las musas el vino,
fluyen las cop(l)as ya sin escarmiento
deja antagónico sentimiento
la rutina, mi hábito mezquino.

 

Nervios constreñidos por exponerme
al severo juicio casi obsceno.
Lo pendejo habría de quitarme

 

la dosis de enervante veneno
que la serpiente ha de obsequiarme

en cada sesión, otra piel estreno.

¿Qué fue lo que pasó?

 

¿Qué fue lo que pasó? Una pregunta que salía sobrando. Asombraba la sagacidad del agente de la Policía Judicial, al ver el bochito sobre tabiques y sin una sola llanta. Poca duda dejaba, al menos para nosotros, que esa noche nos habíamos desvelado estudiando y ni cuenta nos dimos del atraco. Fue hasta que el Cheo, que entraba a clases a las siete de la mañana, entró a la habitación gritando para avisar el suceso.

Apenas un par de meses atrás, habías comprado los rines de aluminio que le daban un aspecto deportivo al siempre austero escarabajo alemán. Vamos en chinga a presentar la denuncia. Noté una mueca de desinterés de tu parte. No era de a gratis la desconfianza hacia la Autoridad. Con la clase de preguntas del agente policiaco se reafirmaba la razón de la negativa de acudir al Ministerio Público. Nunca resuelven nada esos cabrones, me recalcaste. Solo me van a sacar dinero. Ver tu cara e imaginar el coraje por tal perjuicio. Al rato vienen los peritos para levantar las huellas, por favor no vayan a salir. Si cabrón, ahorita nos vamos en chinga en el carro, pensé. Se fueron no sin antes pedir para la gasolina. Te dije guey, solo a eso vinieron, por lana. Y tan blandito que eres, te dicen el pan Bimbo. Reímos. Ya con más calma, agradeciste que al menos no hubieran roto una de las ventanillas para robar también el estéreo, la maleta con tus arreos del beisbol o la bolsa del Arámburo donde estaba tu colección de cassetes, tan variada en géneros musicales que incluía lo mismo a Los Beatles que al Gallo Elizalde ¡porque eran tus pinches gustos chingado!

Según que era una colonia apacible donde nunca pasaba nada. La única intranquilidad hasta entonces, era olvidar cerrar la puerta del frente y que Luis, el vecino con Síndrome de Down, te pegara un escobazo al verte dormir en el sillón de la sala. Varios meses después de aquel suceso, llegamos a la conclusión que no era ni tan tranquila. Otra vez el aviso del Cheo, ahora por teléfono, que se habían metido a robar por la puerta trasera del departamento. Nadie vio ni escuchó nada. A mí prácticamente me dejaron con lo que traía puesto. A ti te fue mejor, no se llevaron tus botas vaqueras ni la bolsa con los uniformes sudados de beisbol. ¿Ponemos la denuncia? Ni madres, mejor vamos a dar una vuelta al malecón y sirve que seguimos buscando los rines del bocho. Ni pedo cabrón fueron las palabras correctas para animarme. Hay que pasar al depósito de El Compa por unas ballenas. Pero píchalas porque me quedé sin quinto y tú acabas de llegar del Valle. ¡Te dicen el pan Bimbo!

Tras la rejas

 

                                                                                                                       A Raúl Antonio Cota. Maestro.

  

Ya llevo año y medio encerrado. Va a sonar bastante obvio, pero me ha parecido una eternidad. El lugar común: en la cama y en la cárcel, se conoce a los amigos. Yo nunca los tuve. Así me lo demostraron la vez que caí en un hospital y requería sangre, ninguno acudió siquiera a ver si la libraba de aquella leucemia que me tuvo durante 4 meses, recluido en cuidados intensivos del Seguro Social. Tampoco nadie se apareció cuando mi jefita hizo una colecta para conseguirme un buen abogado. Ocho años fue la sentencia del juez. El delito, tráfico de drogas.

 Quien me manda andar de lurio. Aquella morena que me sonrió en la fila del aeropuerto mientras hacía el check in. También voy a Tijuana le dije, tengo cita en el Consulado americano. Una de mis maletas rebasa los veinticinco kilos libres, tú podrías documentarla, me sugirió, apenas llevas una mochila. Sus pobladas pero bien delineadas cejas se arquearon para completar una coqueta faena. Caí redondito. Era mi primer viaje en avión y se me hizo fácil complacerla. Llegué al mostrador de la aerolínea, ella salía de la fila para dirigirse al baño, mientras con una seña me indicaba que hablaría por celular. Veinte minutos después abordaba la nave y al pasar por mi asiento, me hizo un guiño, que interpreté como un “nos vemos más tarde guapo”. Apenas recogí la maleta en la banda trasportadora, me cayeron dos federales. La morena ya no apareció. Dos kilos de la fina bien empaquetada. Mi segundo viaje en avión (y el último) fue de regreso al CERESO de La Paz.

He tratado que la vida de preso no sea tan miserable como la de afuera. Ya intenté alternando el basquetbol con en el taller de carpintería y hasta alguien de la familia me quiso convencer que leyera la Biblia. Ese cuento lo conozco bastante bien, el del reo arrepentido que todo el tiempo habla de cómo Dios lo rescató. No soy tan hipócrita. Luego nos avisaron que vendría un profe a dar un curso de poesía. ¿Poesía en la cárcel? Desconozco lo que entienda el director del centro por readaptación. Es poco razonable que escribiendo poemas, este nido de malvivientes se vaya a regenerar. Decía mi abuela, árbol que nace torcido. No es mi caso, yo fui víctima de otras circunstancias que ya no vienen al caso analizar. Pero por otra parte, me sedujo la idea de volver a escribir. He de confesar que cursando el bachillerato, adquirí el hábito. Esa época fue prolífica de textos, quizá porque reflejaba la etapa menos infeliz de vida.

        Hoy se  presentó el profe para iniciar con las clases de poesía. Afortunadamente fuimos ocho internos, así nos llaman, los que nos animamos a tomarlas. Dos de los compañeros ya habían sido sus alumnos en la materia de español en el Cbtis 230 y coincidían que aunque bonachón, era estricto en cuestiones académicas. A mí, la poesía me ha quitado un poco lo pendejo, dijo a manera de presentación del taller, porque era taller no curso, nos aclaró tajante.

 Para la segunda sesión, tuvimos que leer el poema que nos dejó de tarea. Nadie se animaba, por miedo a la burla. Expresar los sentimientos antes extraños siempre me acobardó. Eso y que el profe pensara que mi texto fuera demasiado cursi. A ti no te corresponde decidir eso, déjaselo al lector. Fue contundente. Lo sentí como un regaño, pero creo que tiene razón. Paso a leer. Se titula “ámbar”.

 La pobreza inunda todo,
acá la esperanza no está en venta,
solo la felicidad viene envasada
y así cualquiera puede tenerla.

        Para la tercera sesión, nos emocionó a todos el anuncio del profe. Uno de sus hijos, también poeta y promotor cultural, encabeza una editorial independiente y está interesado en publicar un cuadernillo con los mejores textos del taller. Presentarlo tal vez en el centro y que vengan nuestras familias y amigos. En mi caso, solo sería mi madre. Por lo mismo, tengo que escribir cosas mejores. Canícula es el siguiente.

Alineas tu eje con vehemencia
para absorber el brote de vida,
se propagan longitudes cósmicas
que dan paso a la plenitud.
Por la línea media,
la atmósfera es derrotada,
para calcinar tu espectro,
ya de por sí vacío.
Refulgencia avasalladora que sofoca
Mientras lentamente,
horada el cauce que me conduce
a este día de perros.

        Otra sesión, cada vez me siento más seguro de mí mismo. El profe ya ni pregunta quien pasa primero a leer. Me señala y me invita a pasar al frente. Será porque soy el que más participa, el que más pregunta, el que más escribe. Los demás me dan carrilla pero en el fondo creo que hasta envidia les causa. Nunca me había sentido tan soberbio. Por eso, hoy que escribimos del entorno, no quise escribir de las rejas. Escribí de lo que recuerdo en libertad.

El cacto es testigo firme,
posa la vista sobre el arroyo
donde lavas anteriores culpas.
El cardo arremete inclemente
sus brazos te apresan
sin que muestres signos de angustia.
Guayacán, corazón de piedra
sumiso antes sus palabras melosas
recibes amoroso en las horquetas
su voluptuosa pretensión,
el nido donde habrá de albergar
el producto del fecundo verano.

        Ya mero se termina el taller. Mis expectativas fueron superadas con creces. No es que mis poemas hayan mejorado, pues fuera de mis compañeros nadie más los ha leído y me pone exaltado que alguien tenga una opinión favorable de mi estilo. Hoy la tarea fue el calambur.

 

El silencio reina
            -de corazones-
apuesto al olvido mis restos,
ha puesto el olvido sin revire
sus naipes sobre la mesa.
Cuando llega el descarte
el diamante aflora en escala,
derroto al orgulloso rey,
de roto por tu abandono
abdica a tu memoria.

    Gracias profe, un gran abrazo como despedida. Se clausuró el taller y el director del penal, complacido por los resultados, prometió que en pocos meses, se podría abrir otro, con muchos más compañeros. Con todo gusto lo gestionamos, fueron las palabras de un funcionario de Cultura Municipal que también se quiso colgar del mérito. En mi cabeza rondaba la pregunta. Si alguno de los demás internos diera cuenta que mi pendejez no era la de hace seis semana que iniciamos. Medito y concluyo que no importa, ya no volvería a documentar maletas que no fueran mías.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 6 de agosto de 2022

Águeda de María

Primero euforia al anunciarme,

con la Estrella de Belén de testigo,

tu concepción.

 

Siguió el anhelo,

pese a la insufrible gravidez de los últimos meses,

aquellos donde a diario imaginaba tu rostro,

tu risa y hasta tu llanto.

 

Los acalorados debates para encontrar un nombre,

acabando por imponerse la salomónica abuela –cómplice-

por encima de todos.

¿Sabes algo? Eligió el mejor.

 

Imposible olvidar el miedo que provocó tu alumbramiento.

Confiar en manos extrañas, rostros carentes de emociones,

autómatas que con estricto rigor

hendieron el vientre por donde apareciste,

para poner fin a las sacudidas violentas de mi corazón,

que clamaba por fugarse de la fría sala.

 

Gozamos tus primeras gracias, como sufrimos tus enfermedades.

Seguimos aguardando tus primeros pasos.

No te apures, algún día lamentaremos el acelerado paso del tiempo.

A trescientos sesenta y cinco días,

tengo motivos para celebrar.

Pero dispongo además, una eternidad para amarte mi princesa.


Olvido

  Apenas descubro la aurora de tus promesas falsas, un vaho de melancolía empaña la ventana por la que contemplo el jardín aquel, donde ...