A Raúl Antonio Cota. Maestro.
Ya llevo año y medio encerrado. Va a sonar bastante
obvio, pero me ha parecido una eternidad. El lugar común: en la cama y en la
cárcel, se conoce a los amigos. Yo nunca los tuve. Así me lo demostraron la vez
que caí en un hospital y requería sangre, ninguno acudió siquiera a ver si la
libraba de aquella leucemia que me tuvo durante 4 meses, recluido en cuidados
intensivos del Seguro Social. Tampoco nadie se apareció cuando mi jefita hizo
una colecta para conseguirme un buen abogado. Ocho años fue la sentencia del
juez. El delito, tráfico de drogas.
He tratado que la vida de preso no sea tan miserable como la de afuera. Ya intenté alternando el basquetbol con en el taller de carpintería y hasta alguien de la familia me quiso convencer que leyera la Biblia. Ese cuento lo conozco bastante bien, el del reo arrepentido que todo el tiempo habla de cómo Dios lo rescató. No soy tan hipócrita. Luego nos avisaron que vendría un profe a dar un curso de poesía. ¿Poesía en la cárcel? Desconozco lo que entienda el director del centro por readaptación. Es poco razonable que escribiendo poemas, este nido de malvivientes se vaya a regenerar. Decía mi abuela, árbol que nace torcido. No es mi caso, yo fui víctima de otras circunstancias que ya no vienen al caso analizar. Pero por otra parte, me sedujo la idea de volver a escribir. He de confesar que cursando el bachillerato, adquirí el hábito. Esa época fue prolífica de textos, quizá porque reflejaba la etapa menos infeliz de vida.
Hoy se presentó el profe para iniciar con las clases de poesía. Afortunadamente fuimos ocho internos, así nos llaman, los que nos animamos a tomarlas. Dos de los compañeros ya habían sido sus alumnos en la materia de español en el Cbtis 230 y coincidían que aunque bonachón, era estricto en cuestiones académicas. A mí, la poesía me ha quitado un poco lo pendejo, dijo a manera de presentación del taller, porque era taller no curso, nos aclaró tajante.
acá la esperanza no está en venta,
solo la felicidad viene envasada
y así cualquiera puede tenerla.
Para la tercera sesión, nos emocionó a todos el anuncio del profe. Uno de sus hijos, también poeta y promotor cultural, encabeza una editorial independiente y está interesado en publicar un cuadernillo con los mejores textos del taller. Presentarlo tal vez en el centro y que vengan nuestras familias y amigos. En mi caso, solo sería mi madre. Por lo mismo, tengo que escribir cosas mejores. Canícula es el siguiente.
para absorber el brote de vida,
se propagan longitudes cósmicas
que dan paso a la plenitud.
Por la línea media,
la atmósfera es derrotada,
para calcinar tu espectro,
ya de por sí vacío.
Refulgencia avasalladora que sofoca
Mientras lentamente,
horada el cauce que me conduce
a este día de perros.
Otra sesión, cada vez me siento más seguro de mí mismo. El profe ya ni pregunta quien pasa primero a leer. Me señala y me invita a pasar al frente. Será porque soy el que más participa, el que más pregunta, el que más escribe. Los demás me dan carrilla pero en el fondo creo que hasta envidia les causa. Nunca me había sentido tan soberbio. Por eso, hoy que escribimos del entorno, no quise escribir de las rejas. Escribí de lo que recuerdo en libertad.
posa la vista sobre el arroyo
donde lavas anteriores culpas.
El cardo arremete inclemente
sus brazos te apresan
sin que muestres signos de angustia.
Guayacán, corazón de piedra
sumiso antes sus palabras melosas
recibes amoroso en las horquetas
su voluptuosa pretensión,
el nido donde habrá de albergar
el producto del fecundo verano.
Ya mero se termina el taller. Mis expectativas fueron superadas con creces. No es que mis poemas hayan mejorado, pues fuera de mis compañeros nadie más los ha leído y me pone exaltado que alguien tenga una opinión favorable de mi estilo. Hoy la tarea fue el calambur.
-de corazones-
apuesto al olvido mis restos,
ha puesto el olvido sin revire
sus naipes sobre la mesa.
Cuando llega el descarte
el diamante aflora en escala,
derroto al orgulloso rey,
de roto por tu abandono
abdica a tu memoria.
Gracias profe, un gran abrazo como despedida. Se clausuró el taller y el director del penal, complacido por los resultados, prometió que en pocos meses, se podría abrir otro, con muchos más compañeros. Con todo gusto lo gestionamos, fueron las palabras de un funcionario de Cultura Municipal que también se quiso colgar del mérito. En mi cabeza rondaba la pregunta. Si alguno de los demás internos diera cuenta que mi pendejez no era la de hace seis semana que iniciamos. Medito y concluyo que no importa, ya no volvería a documentar maletas que no fueran mías.
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