martes, 6 de octubre de 2020

Van a llegar los Oxxo´s

Voy a extrañar la cocina de carbón y su olor antiguo y campestre, el barrio, el mercado y sus habitantes y sus dádivas.

 Gonzalo Celorio.

 

Empezó como un rumor que se fue propagando cual reguero de pólvora. ¡Van a acabar con las tienditas! ¡Vienen por nuestro dinero! ¡Maldito gobierno vende patrias! Irónicamente, el gobierno se había amparado para evitar que la cadena de tiendas se instalara en mi pueblo natal. Van a acabar con las tienditas decían, mientras me preguntaba que había sido de la tiendita de Ruan.

Abarrotes “Betty” se llamaba,  no era la única pero la más cercana a mi casa y eso le daba ventaja. Atendida por su dueño don Teodoro Ruan, al que su mujer había abandonado junto con seis hijos, siempre se esmeraba para que en los estantes de madera estuvieran disponibles los productos que cualquier ama de casa solía necesitar: salsa de tomate para la sopa, veladoras para la virgen, toallas sanitarias para la adolescente aterrada por su primer periodo. Vendía hasta la tractolina con la que mi madre curaba el trapeador para limpiar los pisos. Extraño ese olor, pero no más que el del birote de la panadería “Gloria”, situada en la siguiente esquina. Sería por eso que la vitrina de Ruan a menudo se encontraba vacía. Estaba en desventaja porque no existe placer mas pueblerino que comprar (y comer) pan recién horneado.

También con Ruan invariablemente te llevabas un regaño cuando abrías el viejo refrigerador, así te tardaras unos pocos segundos en extraer el medio galón de leche, la margarina o el kilo de manteca. Sus lecciones sobre ahorro de energía -que nadie valoraba- eran implacables, totalitarias: ese refri no debía abrirse nunca. Para cobrarle esas afrentas no se ocurría otra cosa que robarle los gansitos o las sabritas. Para eso con un par de cómplices, había que aprovechar que se descuidaba por las tardes de harta plática y café de talega con Beto “el chivero”.

Recién acabo de estar por mi pueblo, al que algunos llaman ciudad. Cada vez que eso sucede, procuro cualquier pretexto para visitar mi barrio, con la idea de buscar a los amigos enraizados al otrora Olimpo agrícola, firmes cual molinos aceitaditos que resisten los vientos de cambio. También para transitar por sus agrietadas calles, encaminarme hacia la casa donde están custodiadas vastas memorias, henchidas por la niñez de mis hermanos, por el arduo trabajo de mi padre y la extraordinaria fortaleza de mi madre. Comprobar que ahí sigue reparando radiadores en su tallercito el Chino Olachea y que Martín de la Garza ya cambió las grúas de arrastre por las grúas industriales y que le va muy bien. La tiendita no existe más. Tal vez fue víctima de la indolencia de sus hijos, que prefirieron otra manera menos aburrida de ganarse la vida. No logro entender porqué cerró, si aún no entran los Oxxo´s.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Olvido

  Apenas descubro la aurora de tus promesas falsas, un vaho de melancolía empaña la ventana por la que contemplo el jardín aquel, donde ...