El olor a manteca quemada inundaba la cocina. El primer grito para llamar a la mesa. Ya estaban saliendo las últimas tortillas de maseca y rebozaba un negro molcajete con salsa de chile serrano tatemado. En el comal aterrizaba un trozo de carne tibia aún, por que recién llegaba del rastro. La sal entera daba la sazón a todo aquello, aunque claro, nada de eso podía suceder sin la mano santa de mi abuela. Una radiograbadora de baterías atrapaba las ondas originadas en la antigua Cajeme, por donde circulaban avisos de todo tipo e intercalados con melodías de Las Jilguerillas y Los Dos Reales. Por esas mismas ondas, mi madre de vez en cuando le informaba alguna novedad. Cualquier cosa de mayor urgencia, ameritaba trasladarse hasta el ejido a la caseta telefónica pública.
Así
llegaba el segundo grito. Vengan a sentarse, antes que lleguen los abonados. Esa
advertencia bastaba para apresurarnos y ocupar un lugar en la mesa. Si ocurría
lo contrario, el molcajete sería vaciado por “El Puravida” y las tortillas se extinguirían
como resultado del apetito voraz de “Don Güiro”. ¿Le pongo más tortillas? Otras seis respondía,
ante la cara asombrada de ella.
Solo
quiero frijoles chinitos, nana. Enseguida los machacaba inmisericorde con sus dedos,
sin dejarles rastro de caldo y los vertía sobre el sartén. Me saboreaba hasta
el sonido de la manteca chirriando y ver la consistencia que adquirían al
freírse. Brillosos. El queso de chiva, elaborado con los cuajos que ella misma
curaba y que el ranchero de la Sierra de San Francisco venía a buscar cada
semana.
Se
apuran porque tengo que limpiar un menudo, el domingo viene el doctor Tomás a
desayunar. Sírveme más frijolitos nana, rogaba. ¡Ay güirito!
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