miércoles, 14 de octubre de 2020

Capnolagnia

Le pareció un chamaco medio extraño la primera vez que lo vio rondar por el barrio, pero eso no fue suficiente motivo para atreverse a enviarlo a la tienda. Inspiró en su persona cierta confianza la buena facha, además ya rebasaba los dieciséis años y el bigote cantinflesco ayudarían a que el tendero no se negara a la transacción. Empleada bancaria, divorciada y sin hijos, casi llegaba a los cuarenta años. Jugar canasta era su otro vicio. El la topaba por las mañanas cuando iba a la escuela y ella salía al trabajo, elegante y perfumada, aunque prefería esconderse de su vista. Para la noche cuando volvía del gimnasio, las mallas ajustadas que daban firmeza a sus amplias nalgas no causaban mayor efecto, seguía oculto tras los árboles. Qué vergüenza si lo descubría espiándola.

Moría la tarde pero él seguía esperando sobre la banqueta. Había dejado tirada la bicicleta sobre el césped del jardín. Dudaba en ir a tocar la puerta o esperar que ella saliera con el billete de cincuenta pesos en la mano. Así había sido desde siete meses atrás, cada jueves. Anda y vuelve pronto,  el cambio es para ti niño le decía. Las tres cajetillas de Raleigh debían estar sobre la mesa antes que los naipes y esa tarde solo faltaba por llegar una de las amigas para iniciar la partida. Por un instante había pensado en irse de ahí, la señora no salía y aún le resonaba en la cabeza la palabra “maniaco”, como lo llamó uno de sus amigos cuando le confesó su extravagante práctica semanal. Vas a quedar todo pendejo, remató. Así estaba cuando se abrió la puerta y apareció con una risa pícara, algo que nunca había sucedido, lo que puso nervioso al mandadero. Estas dejando de ser un mocoso, –guiñó- ni creas que no lo he notado. No te preocupes, haré como que no me doy cuenta. Te dejé unos bocadillos y un refresco para que estés más a gusto en tu rincón. Desde ese día, ella misma tiene que ir por los cigarros.


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