Le pareció un chamaco medio extraño la
primera vez que lo vio rondar por el barrio, pero eso no fue suficiente motivo para
atreverse a enviarlo a la tienda. Inspiró en su persona cierta confianza la buena
facha, además ya rebasaba los dieciséis años y el bigote cantinflesco ayudarían
a que el tendero no se negara a la transacción. Empleada bancaria, divorciada y
sin hijos, casi llegaba a los cuarenta años. Jugar canasta era su otro vicio. El
la topaba por las mañanas cuando iba a la escuela y ella salía al trabajo,
elegante y perfumada, aunque prefería esconderse de su vista. Para la noche
cuando volvía del gimnasio, las mallas ajustadas que daban firmeza a sus
amplias nalgas no causaban mayor efecto, seguía oculto tras los árboles. Qué
vergüenza si lo descubría espiándola.
Moría la tarde pero él seguía
esperando sobre la banqueta. Había dejado tirada la bicicleta sobre el césped
del jardín. Dudaba en ir a tocar la puerta o esperar que ella saliera con el
billete de cincuenta pesos en la mano. Así había sido desde siete meses atrás,
cada jueves. Anda y vuelve pronto, el
cambio es para ti niño le decía. Las tres cajetillas de Raleigh debían estar sobre la mesa antes que los naipes y esa tarde
solo faltaba por llegar una de las amigas para iniciar la partida. Por un
instante había pensado en irse de ahí, la señora no salía y aún le resonaba en
la cabeza la palabra “maniaco”, como lo llamó uno de sus amigos cuando le confesó
su extravagante práctica semanal. Vas a quedar todo pendejo, remató. Así estaba
cuando se abrió la puerta y apareció con una risa pícara, algo que nunca había
sucedido, lo que puso nervioso al mandadero. Estas dejando de ser un mocoso,
–guiñó- ni creas que no lo he notado. No te preocupes, haré como que no me doy
cuenta. Te dejé unos bocadillos y un refresco para que estés más a gusto en tu
rincón. Desde ese día, ella misma tiene que ir por los cigarros.
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