A Tacho Arce
Las suelas de las teguas gastadísimas.
El ir y venir entre cerros para buscar la chiva perdida sea tal vez la causa. O
porque desde los diecisiete años es su único calzado. El mismo que usa para acudir
cada año a la misa y baile el Día de Santa Gertrudis. Todo puede ser posible.
Han sido tantas las idas a las cuevas pintas a llevar turistas, a San Gregorio
a visitar a la Tía Micha, a El Arco a buscar oro. La última vez hasta Santa
Rosalía para acompañar a un pariente enfermo. En la sala de espera del Hospital
General fue donde miró a Joaquín Pardavé, encarnado en el Baisano Neguib, señalar aquello de “te quiero más que a mis zapatos
viejos”. Tacho no quiere otros zapatos. Por
eso las botas, regalo de aquel gringo que llegó hasta la merita sierra a buscar
la tumba de su nana, siguen debajo de su catre. Ese gringo morenito, Damián se
llama, que mastica tan bien el español, que sus orígenes ̶ según ̶ se remontan acá, pero no ha visto las ballenas
de Ojo de Liebre, jamás ha comido pitahayas y menos montado una bestia. ¡Vaya
raíces! Gringos llegan muy seguido a ver las pinturas, pero esos si son güeros
y hablan inglés, aunque no soportan dormir dos noches en el monte. Se espantan con
el rugido del león. No distinguen una cascabel de una chirrionera. Sólo han de beber
agua de botellita, no como uno que lo hace directo del aguaje (ahí abreva también
el venado y el coyote), por lo que no es raro ver saltar una rana de vez en
cuando. Pero hasta hoy no existe aquel que no admire el cielo cuando se inunda
de estrellas, que no se asombre de las palmas reales que rompen la piedra para
arrullarnos en las tardes bochornosas. Del cirio tan horrible que se transforma
en verano con sus flores blancoamarillas.
Todos los que vienen a la sierra traen botas especiales para ese andar agreste.
Todos regresan con los pies ampollados.
Por eso Tacho no quiere otros zapatos.
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