El Instituto Maurer se anunciaba en los interiores de La Novela Policiaca, de la cual Nacho era
fiel lector. Ahí vio la oportunidad porque entra otras, ofrecía la carrera
técnica de investigador privado. Decidió inscribirse cuando se convenció que
nunca iba a terminar la prepa y ni soñar en un título universitario, pensó
además que eso le abriría las puertas a la Academia de Policía. Convertirse en
agente ministerial fue una idea que germinó en su mente a los diecinueve años.
A esa edad, en todas las escuelas que asistió había dejado constancia de su
bajo rendimiento académico incluso en la última, hubo que agregarle la
acusación de sus compañeros de vender mariguana, aunque nunca se lo pudieron comprobar.
Fue de esos árboles que nacen torcidos.
Su padre era ingeniero mecánico y falleció durante una
explosión en la refinería de Salina Cruz, cuando Nacho apenas tenía 8 años. Su
madre ocupaba la semana entre turnos en la clínica del Seguro Social y un hospital
privado. Nacho también careció de atención, quizá por ese abandono fue que
empezó a tejer amistad con Ruperto, un policía estatal al que todos conocían
como “el Almada”, que habitaba un departamento a dos calles de su casa.
De dudosa decencia, El Almada siempre vestía de mezclilla,
camisa y botas vaqueras y ni por las noches dejaba de usar los RayBan para ocultar la nube en el ojo
izquierdo. El apodo se lo ganó por que presumía sin recato el revólver calibre
357 como el de la famosa película, que decomisó ilegalmente en su primer operativo.
Había iniciado su carrera al servicio de la Ley, como un vulgar informante.
Después pasó a “madrina” de un comandante de narcóticos y tuvo que camellar a
lo largo de cuatro años para que le dieran su placa y arma de cargo que nunca
usaba. Estuvo asignado al sector donde se ubicaba la prepa del Nacho y algunos
dicen que era quien le surtía la grifa. Su amistad fue creciendo y el Nacho
hasta se permitía asesorarlo, según avanzaba su plan de estudios cuando aquel platicaba
de los casos que tenía asignados, como el de la tiendita que un grupo rival
instaló en Los Olivos, sin reportarse con el correspondiente pago de piso por
lo que tuvo que ir a desmantelarla a punta de metralleta. En esa ocasión
cayeron dos puchas y un vendedor de
elotes que sin querer iba pasando. En los diarios lo registraron como el principal
narcomenudista de la zona y el Almada empezó a ganar notoriedad.
Las ejecuciones se sucedieron un día sí y otro
también. Esa tranquilidad que hizo famoso al llamado Puerto de Ilusión se fue
al carajo, a causa según la investigación de un medio regional, por la pugna entre
facciones de El Cártel por hacerse del territorio y la venta de drogas. Parecía no tener fin. Las protestas
trascendieron de las redes sociales a la calle, algunas más visibles por el
hecho de que alguna víctima inocente pasaba a formar parte del ejecutómetro.
Primero fueron hechos aislados, después gente que venía de fuera. La Autoridad
no atinaba a frenar la escalada de violencia que amenazaba con charpear a los demás municipios. Se
están matando entre ellos, declaró sin ningún asomo de vergüenza el Gobernador,
que para calmar los ánimos trajo un procurador de brillante currículo, pero de
inversa proporcionalidad a su eficacia. La
situación se salió de control.
Ruperto por su parte seguía cosechando triunfos dentro
de su carrera policiaca, ascendido a comandante y luego a responsable de la
Unidad Mixta de Combate al Narcotráfico, en la que decía poner en práctica las más
modernas técnicas de investigación que le proporcionaba su agente estrella el Nacho, que para entonces había
abandonado una vez más sus estudios, pero como pagó por adelantado el curso, le
siguió llegando por correo el material con las lecciones, incluso el flamante
diploma como Investigador Privado, aunque a decir verdad, siempre se sospechó que
trabajaban para la maña y contaban con una extendida red de soplones que les
permitió por ejemplo, poner a un jefe de sector con el que rivalizaban, el cual
entregaba las cuentas mochas al Subprocurador. El pobre diablo terminó encobijado
con un balazo en la frente debajo de un puente de la carretera al sur. También
encabezaron varios decomisos importantes de estupefacientes en la Terminal
Marítima de Pichilingue, gracias dijo a los medios, al trabajo de inteligencia.
La suerte les sonreía, cuando vino el cambio de Gobierno.
El nuevo jefe del ejecutivo, un miembro de la élite empresarial,
se había comprometido con su amigo el Presidente -compartieron clases en Harvard-
de terminar con la violencia que ya estaba afectando los índices de
popularidad. A todos sorprendió el hecho que ratificara al Procurador inútil y
su poco exitosa estrategia “Juntos por la paz”. Se estableció el Grupo Coordinado
de Seguridad integrado por todas las corporaciones y a las reuniones asistía el
Nacho en calidad de asesor del Almada, hasta firmaba como licenciado, que para
ese entonces había recibido un par de amenazas, la última una narcomanta en su
antiguo domicilio con un mensaje claro: “ya baliste verga almada, asi como
traisionas te ban a traisionar. la maña no perdona”. Nunca les dio importancia.
Quien sí dio importancia a su nuevo rol dentro de la organización fue el Nacho.
En él habían sido delegadas todas las actividades y debido a eso empezó a
desplazar a su amigo.
Se necesitaba un golpe mediático para relanzar los
esfuerzos del Gobierno en materia de seguridad, por eso le encargaron al Nacho
que encabezara el siguiente operativo en Miramar, la colonia con mas
ejecuciones. Le envió un mensaje de whatsapp al Almada para citarlo a la hora y
lugar donde apresarían al jefe de plaza del sur de la capital. No te olvides de
la magnum, cerró el mensaje.
Quince minutos antes de lo acordado, llegó sintiendo
adormecidos los dedos de las manos. Raro. Por la mañana al salir de casa,
estuvo a punto de dejar la pistola a la
que debía el mote, cosa que nunca había pasado antes. Últimamente se sentía marginado, engarrotado, casi no tenía
acción y en los diarios que antes elogiaban el valor y temeridad para enfrentar
al crimen organizado, hoy solo se ocupaban de su ex colaborador y su brillantez
científica para dar con los maleantes. Si supieran que ni la pinche carrera de
investigador terminó el hijo de la chingada, pensaba el Almada. Ring. El nuevo
mensaje lo invitaba a pasar a la casa donde ya tenían armado el cuadro. No
tarda en llegar el reportero urbano, apúrate. Confiado bajó de su auto y se
encaminó notando la suciedad en las gafas pero no quiso limpiarlos. Abrió la
puerta y se percató de los dos cuerpos en el suelo con evidentes signos de
tortura y uno más sentado sobre una cama y esposado. Pásale mi compa, esto va a
hacer tu consagración con el Procurador. Ni chanza de sacar la 357. El Nacho le
descargó cuarto balazos. Su puta madre, el chaleco antibalas se quedó en el
asiento de atrás. Cayó dejando al descubierto un ojo izquierdo completamente
blanco, señal inequívoca que desde hacía tiempo era inservible. Acomoden todo antes
que caigan los de la prensa, gritó la voz al mando.
Murió en cumplimiento del deber. El jefe de la UMCN
resultó con heridas mortales, al enfrentarse con una célula de El Cártel,
durante operativo donde se logró la detención de tres presuntos delincuentes
además del decomiso de una importante cantidad de droga, armas y dinero en
efectivo. Ese fue el boletín que se emitió por parte de la autoridad. Tuvo un sepelio
de héroe. Pinche Almada, que te costaba jugarnos limpio, pensaba el Nacho
mientras hacía la clásica guardia de honor.
Al día siguiente, el Procurador tomaba protesta al
nuevo jefe de la Unidad. Estoy seguro que brindará su máximo empeño para honrar
la confianza que le deposita el señor gobernador concluyó su discurso. Sí
protesto, exclamó con voz firme, mientras levantaba la diestra, dejando ver
debajo del saco, la cacha de un revolver 357. Fue un árbol que nació torcido.
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