lunes, 14 de septiembre de 2020

Tres veinticinco


El frío de la madrugada y los ladridos del pinche perro del vecino me despiertan. Tres veinticinco de la mañana. Quién me manda dormir con la ventana abierta, pienso enseguida. Me sorprende que siga sonando la banda sinaloense por la calle de atrás de mi casa. Caminos de Michoacán. Prefiero tomar la sábana y cubrirme, que levantarme a cerrarla. En la televisión -olvidé programar el apagado- pasan una película mexicana sobre un sicario dizque famoso. Un churrazo. Desde que llegué a casa a eso de las siete de la tarde, ya se escuchaban los acordes de la tuba, las trompetas y los clarinetes. La yaquesita y otras por el estilo. De pronto me doy cuenta que me gusta un poco la música de banda, así sin vocalista, de viento que le dicen. Pero ya son las tres veintisiete no mamen, en un rato mas tengo que levantarme para ir a trabajar. Vuelta sobre la cama, el perro menos mal ya no ladra. Busco el control remoto para apagar la tele. Al rato voy a andar valiendo madre si no me duermo. Suena la pajarera. Es inevitable no recordar al abuelo. El viejo incansable. Su sombrero. Las carreras de caballos, su único vicio. Y de cuando conocí las peleas de gallos. Me llevó al palenque a un derby cuando tenía apenas doce años. También iba mi hermano, que ganó cuatro rifas seguidas y el boletero ya no le quiso vender para la quinta del día. Mañana los voy a traer de nuevo nos prometió. Aunque ya no hubo la misma suerte. Recuerdo de cómo nos trepábamos al siempre confiable Ford de redilas, para acompañarlo a los ranchos de la región. Su infinito sentido del humor. Cómo tarareaba mientras manejaba por brechas arenosas para conseguir la res para el día siguiente. A veces me dejaba manejarlo. Nadie de la familia puede desmentir que su casa fue epicentro de los mejores momentos de nuestras vidas: Navidades, Años Nuevos, aniversarios. Lo malo es cuando vienen a la mente los últimos días. La silla de ruedas. Sus ojos apagados añorando a doña Concha. Busco otro canal que me ayude a conciliar el sueño. Me puedo quedar lo que resta de madrugada haciendo memoria, pero prefiero no hacerlo. La programación está invadida de infomerciales. No sé a quién se le ocurre que a esa hora, alguien que no esté oyendo música de banda, va a comprar unos lentes con visión de águila o sartenes a los que no se les pega nada. Quince minutos para que se apague. La última y nos vamos. Alcanzo a escuchar las despedidas y un par de botellas rompiéndose. Menos mal. Esta ciudad tiene algo. A sus habitantes poco les importa que sea lunes. Para desvelar a toda la cuadra no hay día específico. Porque estoy seguro que no soy el único con el ojo pelón.Ya casi dan las cuatro de la mañana. Esta ciudad tiene algo. No le falta ni el gallo que empieza a cantar. Me lleva la chingada.

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