El cacto es testigo firme,
posa la vista sobre el arroyo
donde lavas anteriores culpas.
El cardo arremete inclemente
sin que muestres signos de angustia.
Guayacán, corazón de piedra
sumiso ante sus palabras melosas
recibes amoroso en las horquetas
su voluptuosa pretensión,
el nido donde habrá de albergar
el producto del fecundo verano.
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