martes, 24 de mayo de 2022

Envidia de la buena

¡Pinchi Almada, que viejotas traes siempre! ¿Cómo le haces? Júntate conmigo cabrón, pa´que aprendas. El Nacho apenas llevaba trabajando un par de meses con Ruperto y ya le tenía envidia. De las mujeres, la camioneta, las parrandas y hasta del respeto que infundía con esos Ray Ban de aviador que ni para dormir se quitaba. Decía que era de la buena, envidia de la buena ¡Hazme el chingado favor! Ruperto alias el Almada era un judicial chapado a la antigua, de tehuacanazos y toques en los huevos. Los derechos humanos decía, se habían inventado para proteger a los malandros, y por eso cada día se elevaban los índices de  violencia en la ciudad. Todos los día había levantones, ejecutados a plena luz del día, balaceras en lugares públicos. De repente se metía sus líneas de coca, pero eso solo para aguantar los turnos. Su mujer lo había abandonado tres años atrás. El Nacho por su parte había crecido solo, algunas veces su madre se preocupaba por su conducta, sobre todo cuando lo expulsaban de otra escuela. En lugar de ingeniero mecánico como su difunto padre, se decidió por un curso en línea de investigador privado. Anhelaba formar parte de la moderna Policía Ministerial. Se hizo compa del Almada, luego de coincidir cada noche de viernes en el Oxxo cercano a sus casas. No le resultó fácil convencer al amigo que le hiciera el paro de usar sus influencias para ingresar a la Academia Estatal. Vas a tener que hacer méritos primero, le dijo antes de llevarlo personalmente a inscribirse. Por eso tuvo que andar de correveydile del agente, halconeando en las colonias más pesadas de La Paz, como Santa Fe y Miramar. Creía que pronto iba a poner en práctica las lecciones detectivescas, que por espacio de año y medio estuvo macheteando en su computadora. En los operativos donde desmantelaban tienditas y picaderos a punta de pistola, siempre era atento a las indicaciones del tutor y no pocas veces prefería ignorar la saña con que maltrataba a los narcomenudistas  del cártel rival, que según los chismes quería apoderarse de la plaza y para eso había pagado bien al gobernador en turno.  En todos los casos, capaba la cochi. Se quedaba con parte del dinero, droga y armas que debía incautar. De ahí obtuvo el revólver 357 con que se afianzó el apodo en honor al gran actor sonorense. De manera extraña, por esa arma el Nacho no sentía codicia, le parecía exagerada y anticuada. Prefería la famosa mata policías Herstal five-seven. La estima del Almada por el Nacho fue creciendo inversamente proporcional a la envidia que éste sentía por el ascenso de aquel, dentro de la estructura anti narcóticos de la Procuraduría. Eso significaba mujeres, camionetas y parrandas de mejor nivel. Si antes cerraba El Ranchito ahora era el Amnesia; la Ford Lobo se convirtió en una Lincoln Scalade lástima que no sea blindada y la Buchannan´s pasó a la historia pues el Glenfiddich de veintiún años es más caro y refinado, así lo rebajes con Topo Chico. Ya no era de la buena aún y cuando siempre participaba en las juergas. Olvidaba que sin esa tutela, su carrera policial no habría pasado de chalán, a pesar de su título patito.
Las constantes violaciones a los procedimientos ministeriales de parte del Almada, parecían no incomodar al Procurador, bueno ni las duras críticas que a diario se registraban en los medios de comunicación cuestionando su capacidad, hacían mella en su ánimo. El Nacho no perdía oportunidad para quejarse con otros comandantes sobre las irregularidades de su jefe, entre muchas otras de recibir cuota de los contras, esperando que estos las replicaran a los altos mandos. Casi todos compartían el rencor. Si la envidia fuera tiña, se apresuró a responder el Almada cuando llegó a sus oídos el primer aviso sobre la conducta de su discípulo.
Se le ocurrió otra forma de sacarlo de la jugada. Sentía que había llegado la hora de escalar y tener el mando bajo su persona. A lado de este puto no voy a salir de perico perro, repetía. Le envió un whatsapp indicándole la dirección de una tiendita que recién se había instalado en una de las colonias a su cargo. ¿Está en nuestro territorio, verdad? Quiso confirmar el Almada. Por andar de lamehuevos del Procu ya ni sabes cabrón, nos están ganando el mandado, le respondió. ¿No puedes tú solo? A huevo que sí, pero te conviene acompañarme. Ok Nacho, allá te alcanzo, concluyó la plática. De inmediato salió otro mensaje  con otro destinatario. Confirmado señor, el Almada nos está jugando chueco. Después de unos minutos llegó la respuesta que esperaba.  
En marcha, ordenó Ruperto al grupo de agentes. Llegaron tumbando puertas al grito de ¡Policía Ministerial! ¡Ya se los cargó la chingada! Dos hombres que estaban en la vivienda quisieron huir pero no alcanzaron a llegar al patio. Los esposaron y los subieron a la patrulla. De la mercancía confiscada, la mitad la subieron a su camioneta. Haz el reporte y ponle que era el jefe de plaza y que estaba en la lista de los treinta más buscados, advirtió a uno de los subordinados. Me tuve que aventar solo el jale. Voy a festejar. Nos vemos en el Lord Black, va por mi cuenta. El whatsapp se quedó en visto.
Dos días más tarde, en el C-4 se recibió una llamada, avisando del hallazgo de un cuerpo encobijado por el rumbo del Arroyo del Piojillo. Era el Almada. La cartulina dejaba clara la advertencia que eso le pasaba por servir a dos amos. Y ni modo Almada, con uno quedaste muy mal. Cuando la noticia llegó hasta las oficinas de la Procuraduría, una sonrisa cínica no se pudo reflejar en la pantalla, el Nacho se entretenía revisando su muro de Facebook. Creo que me voy a hacer inmune a la tiña, pensó.

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