Salí muy temprano del campamento, porque quería llegar con tiempo suficiente a la pista aérea de Guerrero Negro, a la que los lugareños eufemísticamente siguen llamando aeropuerto. Un día antes había viajado desde Puerto San Carlos hasta ese lugar en el Valle del Vizcaíno, donde instalaríamos una central eléctrica. La comisión consistía en acompañar y apoyar a un par de arqueólogas del Instituto Nacional de Antropología e Historia, quienes realizarían una visita de inspección al predio de dicho proyecto, para verificar que no existieran vestigios arqueológicos. Son dos morras muy guapas, me había dicho esbozando una risita maliciosa el residente de obra.
Llegué mucho antes de la hora
programada de aterrizaje de la avioneta que venía desde Hermosillo. Uno de los
empleados de la aerolínea (sic) al verme, me informó que para colmo, traía un
retraso como de dos horas, así que aproveché para ir al pueblo a desayunar. Lo
hice en un puesto de tacos de pescado sobre la avenida principal -boulevard en
lengua nativa- y como aún tenía holgura de tiempo, busqué un car wash, para darle una “chainiada” a
la camioneta. Ya limpia y reluciente la 4x4, me dirigí de nuevo a la pista. Pasaba
de medio día. De nuevo el empleado se apresuró a decirme que en quince minutos
arribaría el avión (resic). Pasado ese tiempo, pude ver en el cielo la Cessna
Caravan de 12 plazas y como tomaba pista y yo imaginando que se iba a
destartalar. Por fin se estacionó frente
a lo que se podría llamar el edificio terminal, una caseta de madera donde
estaba el radio de comunicación con la torre de control hermosillense y yo me
acerqué lo más que pude para divisar a las arqueólogas. Fueron uno a uno
bajando los pasajeros y no miraba ninguna mujer joven. Hasta el final, aquí
comprendí la risa de mi jefe, descendieron de la nave dos señoras, calculé de
alrededor de sesenta años y dije son ellas. De inmediato también pensé que la
visita de inspección que según agenda de trabajo sería hasta el día siguiente,
se llevaría a cabo muy rápido, ya que al ser finales de agosto, el calor en el
desierto en esas fechas ronda los cuarenta grados centígrados. No creo que
aguanten recorrer las cuatro hectáreas del terreno dije entre mí mientras me
acercaba a ellas para darme a conocer y ayudarles con su equipaje.
Las maestras Margarita Carvallal
y María Antonia Moguel me sorprendieron gratamente. Después del protocolo de
las presentaciones, preguntaron sobre el predio al que iban a inspeccionar.
Está como a cincuenta minutos les respondí. Pues hay que aprovechar lo que
resta del día, ordenó Carvallal, quien era subdirectora de salvamento
arqueológico y de rango superior a Moguel. Antes les advertí que había que
trasladarse hasta el Vizcaíno y volver ya en ese lugar no había hoteles donde
pernoctar. Con mayor razón hay que apurarse ingeniero. Pasamos primero por una
tienda y compramos unas botellas de agua y algo que muelear ya que las maestras
habían desayunado tempranito en la capital sonorense. Tomamos la carretera y en
tiempo record estábamos en el predio. Durante el trayecto, pude presumirles mis
vastos conocimientos de región y del proyecto que próximamente iniciaríamos,
mismo que iba a satisfacer la demanda eléctrica de una zona que ya empezaba a
mostrar su potencial agrícola. Ya en el lugar de la visita, un predio que había
sido utilizado como agostadero por los ejidatarios y que el gobierno federal
expropió a principios de los años noventa para la instalación de la central, la
primera impresión de las arqueólogas es que no tendrían mayor problema en dar
su visto bueno, a reserva que mañana, con más calma, podamos recorrer con mayor
detenimiento y verificar que no hay vestigios, sentenció Carvallal. La maestra
Moguel, más relajada y con mayor sensibilidad, me comentó, bajita la mano, que
no me preocupara, que Magui siempre se muestra así de estricta y que sin duda
el proyecto avanzará sin problemas de su parte.
Después de casi tres horas
regresamos a Guerrero Negro. Les presumí que las llevaría al mejor lugar para
comer en el pueblo, el Malarrimo, que a su vez ofrecía un hotelito bastante
aceptable. Nos registramos y quedamos de vernos en media hora, tiempo que
aproveché para reportarme a mi casa y a la oficina. Sobra decir que las
maestras quedaron encantadas con la comida. Pulpos a la española, lenguado al
mojo de ajo y callos mano de león, rociados con un vino de Ensenada que según
les acababa de llegar. La sobremesa giraba alrededor de la historia de la
California auténtica, las leyendas de Calafia, los cochimíes y sus pinturas
rupestres, las misiones de Kino y Salvatierra, los viajes de Sebastián Vizcaíno, hasta que
el mesero nos invitó a pasar al bar contiguo, adornado por una gran cantidad de
objetos, todos recogidos en la legendaria playa de daba nombre al local. Este nos
contó la historia de una niña de Alaska que arrojó una botella con una carta y
que fue encontrado precisamente ahí
después de muchos años. Se dice que ya convertida en una mujer adulta, vino a
conocer la población donde llegó su mensaje. Para este momento, debo decir que
estaba encantado de hacer este viaje, no solo lo que representaba en términos
laborales, sino que empezamos a tejer
una relación muy cordial entre las maestras y yo. Vamos a descansar Toña y
dejemos que también lo haga el ingeniero ya que mañana hay que salir temprano. Ambos
acatamos la orden de Carvallal. Que pasen buenas noches, fue mi despedida.
Una fresca mañana nos recibió en
Vizcaíno. Les entregué a las arqueólogas los planos del arreglo general de la
Central y del levantamiento topográfico para que se ubicaran. Un poco menos de
la mitad ya estaba alterado por actividades humanas, incluso en la esquina
noroeste había una pila para almacenar agua y tres cimentaciones para tanques.
Acordaron discriminar esa zona por obvias razones, así que nos enfocamos a la
parte enmontada. Elegí acompañar a Carvallal por la zona norte, mientras que
Moguel se encargó de la sur. Margarita me fue platicando sobre las costumbres
de los grupos originarios de estas latitudes, sus costumbres y sus hábitos centrados
en una vida nómada donde las mujeres y niños eran quienes se encargaban de
procurar el alimento. Mientras caminábamos pudimos observar tiraderos
clandestinos de basura, esqueletos de reses, una vieja estructura de lo que fue
una estación meteorológica y no pude dejar pasar la oportunidad para ofrecerle una pitahaya agria de las muchas que estaban ya
floreciendo pero no quiso probarlas.se negó. En ese instante se detuvo
repentinamente, inclinándose para recoger algo que estaba semienterrado. Era una especie de
disco blanquecino de unos siete centímetros de diámetro. Le brillaron los ojos
a Carvallal. Toña ven rápido, gritó emocionada mientras yo trataba de ubicar a
Moguel. Esto es una evidencia de que posiblemente este lugar haya sido
asentamiento de grupos cazadores-recolectores, trataba de convencerme mientras
yo le pedía amablemente me permitiera ver el objeto. Toña que te apures mujer,
gritaba sin que la segunda arqueóloga se apareciera. Insistía a la maestra que
me dejara ver el objeto, porque me parecía imposible que hubiera evidencias arqueológicas
en ese lugar. Carvallal por su parte seguía buscando más objetos que comprobaran
su teoría. Por fin se apareció Moguel y hasta entonces supimos la razón de su
tardanza. Estaba muy ocupada comiendo pitahayas. Debieras probarlas Magui,
están riquísimas respondió. Mira Toña lo que encontré, ayúdame, quizá logremos
ubicar algunos “corralitos”. Me explicaron que los antiguos californios
construían una especie de alojamiento, consistente en una formación circular de
rocas, donde se reunían a comer y a pasar las noches. Pues yo he recorrido este
predio ya varias veces antes y no he visto esos corralitos, les dije y fue
hasta que Moguel tuvo en sus manos el extraño objeto que pude verlo de cerca y
le pedí que me dejara revisarlo. En cuanto lo tuve en mis manos, supe que
Carvallal se llevaría una gran decepción. Lo revisé por ambos lados y uno de
ellos, que no estuvo en contacto directo con el sol, aún se podía apreciar la
figura de un Looney Tunes. Le dije a Moguel, maestra este es un tazo de los que
salen en las Sabritas. Y bastó un poco de fuerza para que se partiera por la
mitad. Casi le da un infarto a Carvallal cuando vio esta acción. Por Dios, que
acabas de hacer me dijo en tono arrebatado. Traté de explicarle lo más serio
posible, de que se trataba su descubrimiento. No me extraña que haya estas
cosas por aquí si hay una gran cantidad de basura le explicaba, mientras que
Moguel trataba de apoyarme ya que ella también lo notó al instante. Mis nietos
los coleccionaban cuando eran más chicos le dijo como tratando de olvidar el
asunto. No muy convencida, Carvallal seguía observando las dos partes de aquel objeto, tratando de convencerse de no haber
hecho un terrible ridículo. Que te acompañe el ingeniero a revisar tu zona
Toña, fue la orden.
Así continuamos hasta casi las
dos de la tarde, hora que concluimos el recorrido y nos reunimos en la entrada
del predio donde dejamos la camioneta. Les sugerí buscar un lugar para comer
ahí en Vizcaíno. Prefiero aguantar otra hora y comer en Malarrimo, o como ves
Toña, preguntó Carvallal. Sí Magui, vamos a comer allá, es deliciosa la comida.
Regresamos y durante el camino Moguel me fue platicando sobre su anterior
campaña de salvamento arqueológico en Huimanguillo, Tabasco. Nombre ingeniero,
allá sobre el trazo de la línea, encontramos muchos vestigios, por eso en la
CFE no nos quieren, que les retrasamos los proyectos se quejaba. Llegamos al
restaurant y esta vez fue sopa de mariscos y callos empanizados. Como veníamos
un poco asoleados, pedirnos cerveza para acompañar los platillos. Al igual que
ayer, la sobremesa la hicimos en el bar y como la misión ya estaba cumplida –obtendríamos
la anuencia- la prolongamos hasta ya entrada la noche con una entretenida plática.
La maestra Carvallal, ya con unos tequilas en su haber, se disculpó por el
incidente mañanero. No se preocupe maestra, a veces la pasión nos gana, dije a
manera de consolación. Así terminó el día, despidiéndonos y quedando de acuerdo
en aprovechar la mañana para hacer un recorrido por las instalaciones de la
Exportadora de Sal que nos ofrecieron en el hotel.
Tuve el placer de volver a
acompañar a las maestras en dos proyectos más, en La Paz y Santa Rosalía donde
si ubicamos corralitos, pero como dijo la nana Goya, esa es otra historia…
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